¡Vamos a morir todos!

lunes, 22 de junio de 2015
Hace unos días, nos fuimos de viaje de fin de semana en coche. Por el camino, llegado un momento, nos cayó parte "del diluvio universal". ¡Qué agobio! no veíamos absolutamente nada... pero al encontrarnos en plena autovía, hasta que no llegamos a un área de servicio, no pudimos parar. 

Nuestros pequeños -que se llevan 18 meses y son de carácter prácticamente opuesto- reaccionaron de distinto modo. Era de esperar. El mayor muy angustiado, dijo: ¡vamos a morir! :-( Y el pequeño, dijo; ¡enseguida paramos! no pasa nada.


¿Qué quiero transmitir con ésto? Pues que a través de ellos, y su diferente actitud ante la vida, saco en claro que los que somos catastrofistas tendemos a transformar un pequeño inconveniente en una gran amenaza. Y en realidad, eso sólo sucede en nuestra cabeza...

Hay estudios que demuestran que alrededor del 60 % de nuestros pensamientos son de naturaleza negativa. Y ésto tiene su razón de ser, son las influencias evolutivas y los genes culturales. ¡Ante todo! lo primero es la supervivencia y la seguridad. Propongo dar un paso más allá:

ya que el pensamiento catastrofista más habitual que tenemos, es el de nuestra propia muerte, ¿qué tal si convertimos esta idea en una gigantesca invitación a la vida?

Soy de las que piensa que tenemos dos vidas, la segunda empieza cuando somos conscientes de que sólo tenemos una. ¡A VIVIR! entonces y con todas las letras :-) ¡Todo es actitud!


La fábula de los gemelos


Un hombre que tenía dos hijos de signo opuesto –uno muy optimista y el otro muy pesimista– siguió el consejo de un amigo de dar a cada uno por su 18º cumpleaños un obsequio muy distinto:

Algo fabuloso para el pesimista y algo horrible para el optimista. Tal vez así se equilibrarían los estados de ánimo, opinaba el amigo. Llegado el día, el padre hizo salir a los chicos a ver los dos regalos que estaban tapados en la calle por sendas sábanas. 

El pesimista descubrió una potente moto japonesa y empezó a gritar y llorar a su padre:

“¡Tú lo que quieres es que me mate!”. El optimista destapó un enorme excremento y empezó a bailar, loco de alegría. “¿Qué celebras, idiota?”, le preguntó su hermano, a lo que el optimista contestó: “Si aquí hay un excremento es que enseguida viene mi caballo”.

4 comentarios

  1. Jajaaja, ha merecido la pena, un final excelente!
    Yo soy bastante drástica a veces, vaya, que me ahogo en un vaso de agua...en cambio en otras, sobretodo cuando se trata de mi hijo, saco la bestia que llevo dentro y no me para ni diossssss!
    Un besazo y feliz semana!!!!!!!, y qué ganas de ver la revista pronto, a ver si alguna vez puedo aparecer en ella, iré ahorrandooooooooooo.

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  2. Gracias por estar ahí Inma, y por tan bonitas palabras de apoyo. ¡Que disfrutéis del verano! Un beso

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  3. ¡Qué entrada tan estupenda! Muchas gracias...
    Yo soy más como el pesimista, lo reconozco. Tengo un lado muy práctico un sólo veo los inconvenientes de todo, tengo aversión al riesgo y me gusta más lo seguro y lo cierto que lo que me causa incertidumbre. Pero... ¡¡tienes tazón Matilda!! Hay que VIVIR. Llevo tiempo haciendo esfuerzos para cambiar un poco. Estoy en ello :D
    Un abrazo,

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    1. Irene, me encantas. ¡Eres realmente auténtica! y ese ya es un valor bien preciado. Adelante con tus cambios, que todo es cuestión de desearlo para lograrlo ¿verdad? Un abrazo amiga

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