El tiempo es vida | Momo

lunes, 10 de noviembre de 2014
Diariamente se explicaba por radio, televisión y en los periódicos las ventajas de nuevos inventos que ahorraban tiempo, que, un día, regalarían a los hombres la libertad para la vida "de verdad". En las paredes se pegaban carteles en los que se veían todas las imágenes posibles de la felicidad. Debajo ponía, en letras luminosas:



Pero en realidad era otra cosa. Es cierto que los ahorradores de tiempo iban mejor vestidos que los que vivían cerca del viejo anfiteatro. Ganaban más dinero y podían gastar más. Pero tenían caras desagradables, cansadas, o amargadas y ojos antipáticos.


Ellos, claro está, desconocían la frase: ¡Ven con Momo! No tenían a nadie que pudiera escucharles de tal manera que se volvieran listos, amistosos o contentos. Pero incluso si hubieran tenido a alguien así, es más que dudoso que jamás hubieran ido a verlo, a menos que se hubiera podido resolver la cuestión en cinco minutos. Si no, lo habrían tomado por tiempo perdido. Según decían, tenían que aprovechar incluso los ratos libres, con lo que tenían que conseguir a toda prisa toda la diversión y relajación como fuera posible.

Así que ya no se podían celebrar fiestas de verdad, ni alegres ni serias. El soñar se consideraba, entre ellos, casi un crimen. (...)

El que a uno le gustara su trabajo y lo hiciera con amor no importaba; al contrario, eso sólo entretenía. Lo único que importaba era que hiciera el máximo trabajo en el mínimo tiempo. (...)

Nadie se daba cuenta de que, al ahorrar tiempo, en realidad ahorraba otra cosa. Nadie quería darse cuenta de que su vida se volvía cada vez más pobre, más monótona y más fría. Los que lo sentían con claridad eran los niños, pues tampoco para ellos nadie tenía tiempo.


Momo (o la curiosa historia de los ladrones de tiempo y de la niña que devolvió a los hombres el tiempo robado)

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